Pienso en mis juguetes. Ya no los tengo, pero los recuerdo.

Por supuesto, he tenido muchos a lo largo de mi vida. Era un apasionado de las lineas Playmobil, particularmente de sus barcos pirata (hace no tanto que me hice con uno otra vez), de los productos de He-Man de Mattel y de los juegos de mesa, sobre todo de aquellos productos basados en la mezcla a veces incluso surrealista de subcultura popular que creó la marca Cefa. Recuerdo las figuras de acción y los soldados de juguete, las naves espaciales y los coches teledirigidos.

Pero si hay algo que tengo grabado en la memoria y del que puedo hacer un directorio de ellos es otro tipo de juguetes que tuve y que ya han desaparecido, desafortunadamente. No eran juguetes comprados. Fue una colección de objetos que fui acumulando durante varios años y guardando en casa de mis abuelos. Los guardaba en taburete de plástico hueco con tapa roja, que estaba rota con un cuerpo curvado de forma octogonal, de color beige.

Al contenido de esa caja, la llamábamos “los cacharros” o “cacharricos”. Digo llamábamos porque mi abuela estaba tan fascinada por estos objetos como yo mismo. Era una colección de cosas que iba encontrando y almacenando. Cualquier cosas que me parecía curiosa la almacenaba para luego poder jugar con ella, manipularla y estudiarla.

Con el tiempo he valorado de una manera muy especial estos objetos, fundamentalmente porque ya no los poseo, así que mi único remedio es guardarlos celosamente en mi memoria. Eran objetos huérfanos, olvidados y que nadie los quería. Yo los junté y les di funciones nuevas, nuevo significado. No eran sofisticados juguetes, no eran figuras de acción con armas y gadgets impresionantes (aunque esto me encantaba también, por supuesto). Sin embargo, con el paso del tiempo, estos humildes objetos han permanecido en mi imaginario, mientras que los juguetes más convencionales no han conseguido dejar tanto poso.

El contenido era bastante variado. Había unas viejas fichas de dominó, de madera, muy desgastada. Faltaban bastantes, así que eran inservibles para jugar una partida. Cada cierto tiempo tenía que pintar con
lápiz la hendidura de los puntos, porque estaban completamente borrados así como la zona blanca de las fichas. Con ellas
básicamente hacía pequeños efectos mariposa. Creo que lo había visto por televisión he intentaba hacer cosas parecidas. Ponía las fichas en la, con otros objetos e intentaba crear un efecto en cadena. Solo me salía una pequeña parte de las veces que lo intentaba.

Había también un viejo campanario en miniatura. Creo que perteneció a uno de los hermanos de mi abuelo, así que debía de tener más de 60 años o más. Jugar con un campanario era bastante limitado y aburrido, hasta que descubrí que podía desmontarlo y tener solo la campana, para descubrir que podía crear distintos sonidos con ella. Si ahora analizo los discos que he grabado, es muy fácil que haya sonidos de campana de ese tipo. No había caído en ello hasta ahora, pero es posible que mi gusto por estas sonoridades venga de aquí.

collage_jugueteTenía también canicas que iba encontrando por la calle y un bolón de acero, que pesaba bastante, pero mis favoritas eran las canicas de colores. Reconozco que no he jugado mucho a las canicas y era bastante torpe, pero he mirado mucho a través de ellas. Me pasaba horas recorriendo la casa de mis abuelos mirando a través de canicas de cristal. El mundo parecía más raro y eso es algo que siempre me ha gustado.

Multitud de botones que robé del costurero de mi abuela. Me apropié de los más raros, los que hacían el efecto arco iris sobre el nácar, o que tenían formas o colores extraños. Nunca tocaba los pequeños y negros o los más comunes, no me interesaban. Al final me hice con una pequeña colección. Con ellos hacía formas en el suelo. Tenía además un dedal y un huevo de costura. El huevo me maravillaba. Era un huevo de madera maciza y siempre sospeché que podía abrirle la cabeza a alguien con él sin mucho esfuerzo. El dedal me recordaba al que usaba una monja de mi colegio para golpearme con él en la cabeza, con un golpe seco y breve, cuando me pillaba hablando. 

Unos pequeños cañones antiguos, en miniatura, de decoración. Los retiraron porque estaban rotos y les faltaban algunas ruedas. No había nada más genial, porque los cañones estaban cuidadosamente engalanados con grabados, volutas y relieves. Con aquellos cañones destruí muchos edificios y gané muchas batallas, también incluso las perdí.

Tenía también unos vasos redondos de plástico de colores que se introducían unos dentro de otros, a la manera de muñecas Matrioskas, desde uno grande verde hasta uno muy pequeño rojo. No se de donde salieron, imagino que heredados de algún primo mayor o algo así. En seguida formaron una familia, con el padre grande hasta el bebé diminuto. También me gustaba disponerlos en forma de torre, para después derribarlos con los cañones.

Una pequeña espada en miniatura que simulaba una espada del siglo XVI toledana, profusamente decorada con grabados también. Realmente era una especie de mondadientes decorativo, o algo para pinchar aperitivos, que acabó en mi caja de “cacharricos”. Era peligrosa porque estaba afilada y eso me dio algún que otro disgusto.

Un viejo trapo rojo, cuya utilidad inicial era proteger la mecedora de mi abuela y que una vez inservible se convirtió en mi capa de Superman. Era ataviarme con ella y convertirme en superhéroe. Tenía prohibido saltar en el sofá, pero… ¿Alguien puede parar a Superman?

Un metro de madera, de carpintero, con cuyas partes hacía formas, ya fuera un cuadrado o montañas. Me fascinaban las líneas y números impresas en él. Es una iconografía que me ha acompañado hasta hoy en mucho de mis trabajos.

Un viejo abanico, agujereado. El pequeño cuco que un reloj que se rompió. Una figurita de Petete (nunca supe que realmente era un pingüino, eso lo descubrí hace poco). Figuras huérfanas de un Belén de plástico.

Un peine blanco desgastado el cual usaba para rasgarlo y que emitiera sonido.


Una bombilla fundida,
podía pasarme un buen rato mirando fijamente el lamento interior, que bailaba dentro de la bombilla, intentando comprender como aquello podía producir luz. Tornillos y tuercas. Clavos oxidados, que intentaba clavar en rincones ocultos y recónditos de la casa.

Monedas amarillentas de 1 peseta, con la cara de un señor muy serio y calvo. Pinzas de madera para la ropa, a las cuales acababa forzando hasta que el muelle se salía. Para mi Estas pinzas eran cocodrilos, con sus enormes bocas abriendo y cerrando.

Un lápiz rojo de carpintero, de esos que eran cuadrados, bastos, con el cual era imposible dibujar. Me parecía un objeto inútil y fascinante a la vez ¿De que servía un lápiz con el que no puedes dibujar?

Un trozo de imán, al que le pegaba todo lo que encontraba de hierro. Una vez mi padre me mostró como unas virutas de metal sobre un papel  seguían obedientemente a un imán que estaba en la parte inferior del mismo y como se erguían ante su contacto, como si estuvieran vivas. A mi eso me parecía magia. Bueno, me lo sigue pareciendo.

Finalmente, guardadas en un bote de latón para antiguos carretes de fotos de marca kodak, un grupo de perlas falsas, que provenían de algún collar que se desgranó. Con ellas jugaba a las carreras en una mesa redonda de mármol bordeada por una moldura de madera que hacía pendiente, por lo que era difícil que se salieran. Yo las empujaba con la mano y las perlas recorrían la mesa en círculos a toda velocidad, como en la ruleta de un casino. Yo imaginaba que tenían vida y que competían por ganar. De manera aleatoria decidía con cual iba y esa era la ganadora. Recuerdo también como disfrutaba mi abuela al verme hacer esto, no se exactamente por qué. Me gustaba que fuera parte de ello.

Mi universo personal cabía en una caja y estaba construido con objetos inservibles. Mi imaginario se desarrolló a través de estos objetos, a través de su observación y manipulación.

Es curioso como esas cosas se llenan de significado y pasan de ser cosas anodinas a objetos especiales, llenos de sentido. Es lo que solemos llamar objetos mágicos, ya que son vehículos para transformar la realidad. Pequeñas llaves.

De todo esto, como decía al principió, no conservo nada. Alguien, en una mudanza, decidió que era basura y lo tiró. De eso hace unos 27 años, o más. Bueno, todo no, el boté de carrete de fotos con las perlas dentro. Eso sigue conmigo. Fue de lo último que hablé con mi abuela antes de fallecer.

No me da pena no conservar nada de esto, mientras siga estando en un espacio de mi memoria.

Hoy en día sigo haciendo esto. Sigo recopilando objetos desechados y huérfanos para darles un significado y una nueva oportunidad, solo que ahora a través de ilustraciones y collages. Siguen saliendo a flote signos, gráficos y elementos (o fetiches) con los que he crecido. Sigo jugando con ellos.

Mi mundo sigue cabiendo en una pequeña caja.

Artículo publicado originalmente en la editorial del número 2 de “La Panaderia”, el magazine de El Creadero. Febrero de 2015.

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Author Cocotte Minute

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